30 de Julio, 2020
Si antes de la pandemia la situación de nuestra Casa Común estaba en riesgo, luego de 2020 tenemos una nueva, y quizás última, oportunidad para salvar al planeta y a la humanidad. Una de las herramientas más extendidas y de profundo alcance para colaborar en ese nuevo y radiante rostro que deseamos develar es la educación. Pero también ella enfrentará luego de la pandemia su probablemente última oportunidad para ser culturalmente significativa, para entusiasmar a sus estudiantes e incidir en la construcción de sociedades más justa y fraternas.
Debemos preguntarnos: ¿Cuál es el sentido de nuestras escuelas en este siglo y, particularmente, después de esta experiencia inédita, abrupta y disruptiva que significa la pandemia? Están naciendo nuevas y diversas formas culturales que no se ajustan a los márgenes conocidos. Los educadores, particularmente los creyentes, debemos reconocer que, muchas veces, no sabemos cómo insertarnos en estas nuevas coordenadas. El padre Oesterheld lo ha expresado con mucha claridad: “Quizás ya no sea tiempo de anuncios, ya no hay que seguir repitiendo hasta el agotamiento lo que está dicho una y mil veces. Probablemente haya llegado el momento de preguntarnos: ¿a quién le importa?”
Los colegios contamos historias, relatos, narraciones. Estas narrativas alimentan en quienes lo anuncian la convicción de que el ideal anunciado es verdadero y fuerte. Transforman las vivencias personales y colectivas en experiencias con sentido, generan comunidad y, de ese modo, influyen en la prosecución del bien común. Pero los capitales narrativos, si no se actualizan y renuevan, comienzan a envejecer y a reducirse. Podemos encontrarnos de un día para el otro con una grave carestía de historias para contar, como nos alerta Luigino Bruni. Podemos preguntarnos, más allá de los planes y los currículums, ¿Qué estamos narrando cotidianamente en nuestras escuelas? ¿Con qué nos conmovemos y conmovemos? ¿Queremos que las escuelas sean organizaciones vitales (que tengan y ofrezcan vida) o simplemente supervivientes en un “mundo hostil”? La crisis es siempre una carestía de historias capaces de conmovernos, de aquellas historias que nos hacen “mover juntos”
Podremos aprovechar esta (última) oportunidad si sabemos leer y actuar desde las necesidades del mundo, buscando –como bien dice el Manifiesto de Católicos Latinoamericanos con Responsabilidades Políticas- comprender “lo que constituye lo mejor posible para avanzar en el bien común”. Para convertirnos en organizaciones vitales en y tras la pandemia, nuestras escuelas deben dejar espacio, de manera institucional, a los portadores de la dimensión profética. Es bueno asumir esta lectura y esta vocería recordando aquel pasaje de Isaías:
"Me gritan desde Seir: Centinela, ¿cuánto falta el día? Centinela, ¿qué hay de la noche? Dice el centinela: ¡La mañana se acerca, pero todavía es de noche! Si quieren preguntar, vuelvan y sigan preguntando" (Is 21, 11-12)
El COVID-19 reveló el mundo real que existe por debajo de los oropeles del consumismo y la tecnocracia. Puso de manifiesto la fragilidad de la vida; la artificialidad (interesada) de las barreras, los muros y las divisiones; y la impotencia frente a la incertidumbre. “Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida” (Bendición Urbi et Orbi, 27 marzo 2020). ¿Podremos anunciar, desde nuestras escuelas, lo que estamos oteando en las fronteras existenciales de nuestro tiempo?
Hoy la profecía tiene su fruto más concreto en la encíclica Laudato Si´, del Papa Francisco. Un documento impresionante, cuya potencia apenas estamos dimensionando. Edgar Morin la ha definido como “el primer acto de un llamado hacia una nueva civilización”, una interpelación universal más allá de las creencias, para una civilización donde lo religioso suena cada vez más a “rancio y huidizo”. Una oportunidad para humanizar y, desde allí, para evangelizar.
Como toda profecía, la conversión ecológica, la nueva civilización requiere de “valiente revolución cultural” (LS 114). La educación en América Latina tiene que ser fuente revolucionaria para un nuevo modelo civilizatorio, pues ha llegado “el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no es” (Bendición Urbi et Orbi, 27 de marzo de 2020)
La conversión ecológica parte de una premisa, “todo está conectado”, y desemboca en la ética del cuidado. El cuidado de la Casa Común y la ecología integral es una oportunidad de oro para comprometernos junto con nuestros niños, adolescentes y jóvenes, liderando el proceso educativo y de concientización política y ciudadana. ¿Sabremos convertir nuestras escuelas en atalayas que anuncien una mañana diferente para nuestros países?
La educación post-pandemia y orientada por la conversión hacia la ecología integral requiere de nuevas miradas, de un órgano de percepción distinto, un giro de nuestra cámara que lleve a un giro narrativo. Mirar desde el sufrimiento, para que ningún dolor nos sea indiferente y busquemos actuar para aliviarlo o eliminarlo: “Evocar una voz profética frente al dolor, el mal y la muerte causados por decisiones políticas que excluyen y marginan” a los vulnerables, a los frágiles, a los pobres (Manifiesto…)
En nuestras escuelas, si quieren ser significativas e influyentes para nuestros pueblos, debemos formar -en palabras de Díaz Salazar- “luchadores ecosociales”, apasionados por un mundo donde todos tengan un lugar, donde impere la fraternidad por sobre las divisiones, donde se anuncie una nueva forma de vivir, “más colaborativa, más solidaria, más local y más democrática” (cf. Manifiesto…). Para ello, debemos vertebrar nuestros programas educativos en torno a Laudato Si´y su dimensión profética para:
La conversión ecológica integral es el camino comunitario por donde proponer condiciones y modelos sociales sustentables. Hace pocos días Muhammad Yunus alertó que “cuando la crisis pase, llegará la estampida de ideas viejas y recetas remanidas sobre paquetes de rescate, que intentarán llevar el mundo de nuevo para ese lado. Abundarán los intentos de hacer descarrilar cualquier iniciativa novedosa con el argumento de que son políticas no ensayadas. Hay que tener todo listo antes de que se desate la estampida” (Yunnus, No se trata de volver al viejo mundo, sino de rediseñarlo. EN: La Nación (Bs.As.), 9 de mayo de 2020). Desde su puesto, la educación, profética e inspiradora, debe ser centinela que alerte, detenga y combata los cantos “normalizadores”. Por eso debemos ser revolucionarios…
En el libro del Apocalipsis encontramos un pasaje que puede servirnos para la post-pandemia. Parece dirigido a los cristianos, en particular a los educadores cristianos de nuestro continente: “Conozco tus obras, tus dificultades y tu perseverancia. Sé que no puedes tolerar a los malos y que pusiste a prueba a los que se llaman a sí mismo apóstoles y los hallaste mentirosos. Tampoco te falta la constancia y has sufrido por mi nombre sin desanimarte…” Bien podría aplicarse a muchas de nuestras escuelas, comunidades, educadores, estudiantes, padres de familia, que han sostenido y sostienen un modelo educativo y civilizatorio de promoción integral y de anuncio evangélico. Pero el texto sigue y entonces podemos encontrar una apelación urgente, si queremos ser significativos en la tercera década de este siglo XXI: “Pero tengo algo en contra tuya, y es que has perdido tu amor del principio. Date cuenta, pues, de dónde has caído, recupérate y vuelve a lo que antes sabías hacer” (Ap.2, 2-5). Volver a las fuentes, volver a nuestras Galileas para volver a ver al Señor, para volver a convertirnos al Evangelio.
Si lo hacemos, los educadores católicos podremos ponernos a la cabeza de la batalla cultural decisiva: un modelo de fraternidad, para que la vida florezca y permanezca en el futuro; una cultura del encuentro, que transforme las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida y que nos invita a construir su Reino.
Gustavo Magdalena
Secretario ejecutivo
Clamared